Los trastornos digestivos son extremadamente comunes en la población general. Se estima que alrededor del 30% de las personas presentan algún tipo de malestar gastrointestinal crónico, siendo la dispepsia uno de los principales motivos de consulta en las unidades de aparato digestivo, representando aproximadamente el 40% de las visitas.
Uno de los principales desencadenantes de los síntomas digestivos es la comida. En personas con sensibilidad intestinal, restringir ciertos alimentos puede resultar en una notable mejoría de los síntomas. En este contexto, los carbohidratos fermentables conocidos como FODMAPs han cobrado especial relevancia en la literatura científica por su implicación directa en la fisiopatología de trastornos como el síndrome de intestino irritable (SII), la dispepsia funcional e incluso algunas enfermedades inflamatorias intestinales.
¿Qué son los FODMAPs?
El término FODMAP es un acrónimo de Fermentable Oligo-, Di-, Monosaccharides And Polyols, y hace referencia a un grupo de carbohidratos de cadena corta que se absorben de forma deficiente en el intestino delgado. Esta malabsorción provoca un aumento de la carga osmótica en la luz intestinal, y al llegar al colon, son rápidamente fermentados por la microbiota, generando gases (especialmente hidrógeno) y desencadenando síntomas como distensión abdominal, flatulencia, dolor, calambres, diarrea o estreñimiento.
No todos los carbohidratos de cadena corta son FODMAPs, únicamente aquellos que cumplen con ciertas propiedades fermentativas. Entre ellos se incluyen:
- Fructosa (monosacárido): presente en frutas como la manzana, el mango o la sandía, además de la miel y algunos siropes.
- Lactosa (disacárido): el azúcar presente en la leche y productos lácteos sin fermentar.
- Fructanos (oligosacárido): abundantes en alimentos como el trigo, la cebolla, el ajo, el puerro y la espelta.
- Galactanos (oligosacárido): especialmente presentes en las legumbres como las lentejas, garbanzos y alubias.
- Polialcoholes (polioles): como el sorbitol, manitol, xilitol o maltitol, presentes en ciertas frutas (pera, ciruela) y también como edulcorantes artificiales en productos sin azúcar.
Dieta baja en FODMAPs: indicaciones y fases
La dieta baja en FODMAP no es una dieta de exclusión definitiva, sino un protocolo terapéutico nutricional que se lleva a cabo bajo supervisión profesional, especialmente en pacientes con síndrome de intestino irritable, dispepsia funcional refractaria o enfermedad inflamatoria intestinal en fases estables.
El protocolo consta de tres fases:
- Fase de eliminación (duración de 4 a 8 semanas): se reduce al mínimo el consumo de FODMAPs para observar si se produce mejoría sintomática.
- Fase de reintroducción: se reintroducen de forma progresiva los distintos grupos de FODMAPs, uno a uno, para identificar qué tipo y cantidad son tolerados por el paciente.
- Fase de mantenimiento personalizada: se establece una alimentación adaptada a las tolerancias individuales, intentando mantener una dieta lo más variada y rica posible en nutrientes y fibra fermentable.
Es fundamental destacar que muchos FODMAPs actúan como prebióticos, es decir, sustancias que estimulan el crecimiento de bacterias beneficiosas en el colon. Por tanto, una dieta baja en FODMAPs mantenida de forma indefinida podría perjudicar la diversidad microbiana intestinal si no se lleva a cabo de manera adecuada.
Efectos más allá del intestino
La dieta baja en FODMAPs no solo mejora la sintomatología gastrointestinal. Numerosos estudios han demostrado que el alivio de los síntomas digestivos puede conllevar beneficios psicológicos significativos, ya que existe una fuerte conexión entre el intestino y el cerebro (eje intestino-cerebro). El malestar intestinal persistente puede favorecer el desarrollo de ansiedad, estrés o depresión, y viceversa. Al reducir la carga fermentativa y mejorar el confort digestivo, muchos pacientes experimentan también mejoras en el estado de ánimo, la concentración y la calidad de vida.
Precauciones
Este tipo de intervención nutricional no debe ser autoadministrada ni aplicada sin justificación clínica. No está indicada para la población general ni como herramienta de pérdida de peso o de “desintoxicación”. En individuos sanos, restringir innecesariamente alimentos ricos en FODMAPs puede tener consecuencias negativas a medio y largo plazo, incluyendo disbiosis intestinal, déficit de ciertos nutrientes, alteración del tránsito intestinal o cambios emocionales asociados al control alimentario excesivo.
Además, ante una dispepsia persistente o síntomas gastrointestinales no diagnosticados, debe descartarse siempre la presencia de patologías orgánicas como enfermedad celiaca, intolerancia a la lactosa, enfermedad inflamatoria intestinal o incluso neoplasias. No debe asumirse que se trata de un trastorno funcional sin una evaluación médica adecuada.
Conclusión
La dieta baja en FODMAPs representa una estrategia eficaz y respaldada por la evidencia científica en el manejo de síntomas digestivos funcionales. Sin embargo, su aplicación debe estar siempre guiada por un profesional sanitario capacitado, quien valorará su indicación, supervisará el proceso de reintroducción y asegurará el mantenimiento de una microbiota intestinal saludable a largo plazo.
Referencias
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- Staudacher HM, Whelan K. (2023). The low FODMAP diet: evidence, challenges and future directions. Gut, 72(3), 526-534.
- Halmos EP, Gibson PR. (2022). Dietary management of IBS: perspectives from clinical practice. Current Opinion in Gastroenterology, 38(1), 33–39.
- Cox SR, Prince AC, et al. (2023). Psychological outcomes of dietary intervention in functional gastrointestinal disorders: a systematic review and meta-analysis. The Lancet Gastroenterology & Hepatology, 8(1), 45–58.
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