La estructura y funcionalidad de los seres vivos se mantienen a través de una compleja red de reacciones químicas interconectadas, conocidas como metabolismo. Estas reacciones permiten descomponer macronutrientes en moléculas simples para obtener energía (catabolismo), así como sintetizar nuevas estructuras a partir de moléculas más pequeñas (anabolismo).
Durante estos procesos se producen de forma natural especies reactivas del oxígeno (ROS) y del nitrógeno (RNS), comúnmente conocidas como radicales libres. Estas moléculas contienen electrones desapareados que las hacen altamente reactivas e inestables. Tradicionalmente, se ha considerado que los radicales libres son exclusivamente dañinos, ya que pueden alterar lípidos, proteínas y ADN, contribuyendo al envejecimiento y al desarrollo de enfermedades. Sin embargo, esta visión ha evolucionado.
Radicales libres: enemigos o mensajeros celulares esenciales
El conocimiento actual sugiere que los radicales libres no son exclusivamente perjudiciales, sino que cumplen funciones clave como moléculas señalizadoras, regulando procesos como la apoptosis, proliferación celular, vasodilatación o respuesta inmunitaria. Por ejemplo, macrófagos y neutrófilos generan ROS como mecanismo de defensa frente a patógenos. Asimismo, ciertos niveles de ROS son esenciales para la biogénesis mitocondrial y la adaptación al ejercicio.
La clave está en el equilibrio redox: un balance dinámico entre la generación de radicales libres y la capacidad del sistema antioxidante endógeno para neutralizarlos. Cuando este equilibrio se rompe, y la producción de especies reactivas supera la capacidad neutralizadora del organismo, se produce un fenómeno conocido como estrés oxidativo.
Estrés oxidativo: un proceso multifactorial
El estrés oxidativo no solo daña componentes celulares, sino que también interfiere en mecanismos epigenéticos, inflamatorios y de señalización intracelular. Este desequilibrio se ve exacerbado por múltiples factores:
- Contaminación ambiental y exposición a tóxicos
- Radiación UV y electromagnética
- Hiperoxia o hipoxia intermitente
- Hiperglucemia e hiperlipidemia crónica
- Deficiencias nutricionales o dietas pobres en antioxidantes
- Ejercicio físico excesivo y mal periodizado
- Disbiosis intestinal y alteraciones en la microbiota
- Envejecimiento y enfermedades neurodegenerativas
En estados de estrés oxidativo crónico, se activan rutas inflamatorias (como NF-κB), se dañan mitocondrias, y se favorece la progresión de patologías como aterosclerosis, cáncer, diabetes tipo 2, Alzheimer o enfermedades autoinmunes.
Antioxidantes endógenos y exógenos: guardianes del equilibrio celular
El organismo posee potentes sistemas de defensa antioxidante, como el glutatión reducido (GSH), la superóxido dismutasa (SOD), la catalasa o las peroxirredoxinas, cuya síntesis depende de micronutrientes clave (selenio, zinc, cobre, manganeso, vitamina B2, etc.).
Sin embargo, la dieta también desempeña un papel crucial, aportando antioxidantes exógenos que refuerzan la defensa frente a ROS. Estos incluyen:
- Vitaminas hidrosolubles (C, folatos)
- Vitaminas liposolubles (E, A, K)
- Polifenoles (flavonoides, ácidos fenólicos, estilbenos)
- Carotenoides (licopeno, luteína, β-caroteno)
- Compuestos azufrados (alilcisteína del ajo, glucosinolatos de crucíferas)
- Alcaloides y terpenoides con actividad antioxidante
Se ha observado que no solo la cantidad, sino también la biodisponibilidad, la sinergia entre compuestos, y su metabolismo por la microbiota intestinal influyen en su eficacia.
La redoxómica: el nuevo paradigma
A partir de 2023, disciplinas como la redoxómica han comenzado a identificar firmas específicas de oxidación en tejidos y células, abriendo la posibilidad de usar marcadores redox como herramientas diagnósticas y pronósticas en medicina personalizada. No se trata de eliminar los radicales libres, sino de regular su producción y neutralización con precisión, en el contexto fisiológico del individuo.
Suplementación: ¿cuándo es útil?
El uso indiscriminado de suplementos antioxidantes ha demostrado ser contraproducente en algunos contextos. Por ejemplo, dosis elevadas de vitamina E o β-caroteno han mostrado interferir con adaptaciones al entrenamiento, disminuir la sensibilidad a la insulina o incluso aumentar el riesgo de ciertos cánceres en fumadores. Sin embargo, en condiciones específicas —como estados carenciales, envejecimiento acelerado, entrenamiento de élite o estrés crónico—, una suplementación estratégica y bien dosificada puede tener beneficios.
Frutas, verduras y microbiota: la conexión olvidada
La inclusión regular de frutas y verduras no solo aporta antioxidantes, sino también fibra prebiótica y compuestos fitoquímicos que favorecen la diversidad de la microbiota intestinal. Esta, a su vez, participa en la síntesis de ácidos grasos de cadena corta, modula el sistema inmunológico y contribuye al metabolismo de polifenoles, generando metabolitos bioactivos que potencian la defensa antioxidante.
Por ello, una dieta rica en vegetales debería ser una constante, independientemente de la fase dietética (pérdida de grasa, mantenimiento o volumen). Las verduras, en particular, son bajas en calorías, saciantes, ricas en fibra, agua, vitaminas y minerales, y su consumo está asociado a una menor incidencia de enfermedades metabólicas.
Referencias
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